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Jean Marc Cotè (II)

13 julio 2008

En el artículo anterior hemos visto cómo veía este artista del Siglo XIX todo lo referente al transporte aéreo. Bomberos, policías, guerras y transporte público se habrían beneficiado de los avances en aeronáutica. En los transportes por tierra también se esperaba una gran revolución, que convertiría a los caballos en curiosidades de museo.

Pero no sólo se producen avances en el vuelo. Otras muchas actividades cambiarían para el año 2000.

El motor de vapor lo iba a revolucionar todo. Sólo hay que ver la fantástica casa rodante que nos dibuja aquí. Es, talmente, una casa de madera o ladrillo a la que se le han puesto unas ruedas y un asiento para el conductor. El tamaño es apreciable, y parece que caben bastantes personas dentro, tanto en la terraza lateral como en la azotea. El motor parece ser de vapor, ya que se ve la chimenea sobresaliendo por arriba.

Las carreteras iban a seguir siendo de tierra. Ni asfalto ni una simple grava para evitar embarrarse.

La guerra no se podía quedar atrás en esto de la modernidad. Vehículos al estilo del Siglo XIX pero acorazados por la parte delantera y montando grandes armas podrían servir para lo mismo que se usaban entonces los caballos: Cargar contra la caballería enemiga y disparar. Resultan completamente inadecuadas las ruedas que monta, fáciles de pinchar por un disparo o en el propio camino. Los soldados disparando con su fusil desde el vehículo en marcha también son poco prácticos, y serían claros candidatos a morir por su patria

El tren ya no iba a ser de vapor. Los trenes eléctricos son más funcionales y cómodos. Éste haría el trayecto París-Pekín, así que había de ser bien cómodo para que los pasajeros pudiesen cruzar Eurasia sin sufrir el síndrome de la clase turística (que todavía no había sido descubierto)

Así que lo mejor era montar trenes como si fuesen casas. De hecho este tren parece una casa de ladrillos que va sobre raíles. Detallazo que los vagones de tren tengan balcones, y que se acceda mediante una escalera con barandillas como si fuese un chalet. Seguramente nadie pensaría por aquel entonces que una plancha de acero o aluminio pudiese hacer la misma función llevando menos peso.

El tren parece que se alimenta mediante un tercer raíl que se ve a la izquierda del todo. Es un sistema que todavía se usa en algunos sistemas de metro, pero que ha sido sustituido por las más eficientes catenarias en todos los trenes que han de hacer un trayecto más o menos largo.

Aunque alguno piense que la solución de montar una casa es muy cara dado la gran cantidad de mano de obra que requiere en realidad tampoco es para tanto.

Esta máquina de construcción automática no necesita mano de obra para funcionar. Un arquitecto maneja desde su cabina todas las máquinas necesarias para construir su castillo. Tiene una máquina que corta la piedra, una máquina que pone cemento entre piedra y piedra y una grúa que levanta las piedras y las coloca en su sitio. A cada una de estas máquinas llegan cables eléctricos, y el arquitecto sólo ha de manejar unos interruptores para hacerlas funcionar desde la comodidad de su cabina.

Como se puede ver la construcción no iba a ser lo único automático. En esta sastrería automatizada una máquina toma las medidas de la persona que está de espaldas a nosotros y coge la tela y el hilo para confeccionar prendas. No se sabe demasiado bien para qué hay dos trabajadores en la sastrería si lo hace todo la máquina.

Las máquinas iban a hacer todo el trabajo duro. Aquí tenemos a un “agricultor muy ocupado” manejando sus máquinas eléctricas, alimentadas por cables que llevan a cada una de las segadoras la energía eléctrica para funcionar. Los mandos son simples, una palanca que puede estar en cuatro posiciones distintas según la velocidad.

La sirvienta, desde luego, iba a trabajar mucho más cómoda que en el siglo XIX. Esta máquina eléctrica limpia el suelo por ella, que sólo ha de guiarla, como quien guía un carrito, para que llegue a todos los rincones.

Incluso el arte puede estar automatizado. En este caso estamos viendo un auténtico hombre orquesta, que no sólo se atreve a dirigir a los actores de la ópera que se representa sino que incluso maneja los instrumentos él solito con unas palancas que los activan. Todo un prodigio de destreza este director.

Por último no querría despedir esta entrada de hoy sin enseñaros el sueño de todo escolar: La máquina de aprender automáticamente.

En esta máquina un fornido estudiante hace girar una rueda mientras su profesor mete los libros. Parece como si la máquina triturase estos libros e hiciese llegar los conocimientos vía hilos eléctricos directamente a los cerebros de los alumnos. Parece como si los auriculares que llevan convirtiesen la electricidad en sonido, que debían escuchar los alumnos, pero el hecho de que lleven unos casquetes sobre la cabeza puede hacer pensar que se les mete la asignatura en la cabeza a base de impulsos eléctricos. De otra manera ¿Qué ventaja tendría escuchar a una máquina recitar la lección sobre el método tradicional del profesor hablando a los alumnos?

Así se formarán los científicos del futuro, de los que hablaremos en otra entrada.

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